GRAAALPS 2026 — la aventura alpina - Detalles del recorrido ¿Qué se puede esperar de una prueba de ciclismo ultra en grava por los Alpes?
Introducción
Del 14 al 19 de julio de 2026, la GRAAALPS vuelve para llevar a los ciclistas por lo que probablemente sea una de las rutas más ambiciosas jamás propuestas en gravel de larga distancia.
Porque aquí no solo se atraviesa una cordillera: se atraviesan LOS Alpes. Nos sumergimos en ellos. Subimos, deslizamos, sufrimos... Y salimos con esa rara sensación de habernos acercado a algo inmenso. Tres recorridos, tres formas de adentrarse en la gran historia alpina: 800 km, 500 km, 300 km, tres formas de abandonarse a la geografía más espectacular de Europa.
Matos, la palabra de Nathalie, nuestra directora de carrera>> «En un recorrido como este, el material no es accesorio. Los neumáticos de 45 mm como mínimo son indispensables para absorber los golpes de las pistas italianas y la grava del sur y los Alpes. La transmisión debe elegirse con lucidez: una relación de 0,8 es esencial para superar los grandes puertos y las irregularidades del trazado sin explotar. Se necesitan frenos, volumen de agua, una iluminación fiable y un kit de reparación robusto. Este tipo de travesía hay que prepararla, respetarla y construirla».
Base de vida/Campamento base: Etroubles, KM 674
800 km — La odisea alpina. Una travesía total, primitiva y desmesurada.
Nathalie, nuestra directora de carrera en reconocimiento cerca de Mandelieu.
Mandelieu → Crans-Montana
806 km – 21 000 D+ – 88 % carretera / 22 % grava
Las míticas rutas de grava del sur de Francia
Mandelieu y sus carreteras
Los 800 km son una línea recta hacia lo desconocido. No solo una distancia imponente: una travesía física, mental, vertical. Un circuito abierto desde el mar a través de la magnífica ciudad del ultra: Mandelieu. A continuación, valles, cumbres y crestas, como una respiración gigante entre dos mundos hasta Crans-Montana, joya suiza detrás de los Alpes.
Prólogo — La partida: cuando el mar se retira y los Alpes se imponen
La salida de Mandelieu puede parecer suave, la sal del Mediterráneo aún flota en el aire... Pero muy pronto algo cambia, rápidamente nos adentramos en un terreno típico del sur: pendientes secas, carreteras irregulares, una sucesión de pequeños puertos, nunca muy largos, pero tampoco muy rodantes.
El asfalto suele ser rugoso y granuloso, y las primeras secciones son pedregosas e inestables. Se nota el calor atrapado en los valles. El relieve fragmentado cansa desde los primeros kilómetros, incluso antes de llegar a los Alpes: se sube, se baja y se vuelve a subir. La paciencia y la resistencia son fundamentales, no hay que salir demasiado rápido, ya que se puede pagar caro en las largas subidas.
Acto I — Alpes del Sur: el reino mineral donde se mide la voluntad
Descenso de Gauthiers: la entrada en la verdadera naturaleza alpina
La bajada de Gauthiers suele ser el primer momento en el que se comprende lo que les espera a los participantes. La pista es salvaje, irregular, rodeada de una vegetación seca que ha resistido siglos de viento. El aire ya es más vivo, más alto, más duro. Cada curva abre un nuevo balcón sobre los valles del sur, luminosos, aún cálidos.
Conducimos, ascendemos y el paisaje se va despojando poco a poco de todo lo superfluo.
Gargantas del Cians: la luz se intensifica
Aquí, la carretera parece pegada al acantilado. Nos deslizamos entre dos paredes de roca, con un hilo de agua en el fondo del cañón y, a menudo, un calor sofocante. La luz se filtra en finas láminas entre las paredes, el sonido reverbera y avanzamos como en un pasillo natural esculpido por el agua y el tiempo.
La experiencia es sensorial. Crea el ambiente: aquí, los Alpes se muestran crudos, escarpados, íntegros. Pero la Graaalps no tiene ningún kilómetro gratis...
Acto II — Los grandes puertos: un ballet vertical, sin concesiones
Aquí dejamos atrás los pequeños y turbulentos relieves del sur para adentrarnos en las verdaderas ascensiones continuas.
Col de la Moutière: donde reina el silencio
foto: @nathaliemonnier
La subida a La Moutière, un puerto muy poco conocido, es una transición hacia otro reino, salvaje y mineral. El asfalto desaparece en algunos tramos. La pendiente se empina. No hay pueblos ni coches, solo piedras, cielo y respiración. Dependiendo de la hora del día, el calor puede ser agobiante y las posibilidades de avituallamiento son limitadas.
A medida que nos acercamos a la cima, el aire se refresca y se nota la altitud. La luz se vuelve más blanca. Se notan los kilómetros de ascenso: es aquí donde agradecemos nuestra elección de desarrollo ;) (ratio mínimo recomendado de 0,8). El puerto en sí no es monumental, pero el ambiente es increíble: ya tenemos la impresión de estar rodando por la columna vertebral de los Alpes.
El puerto de Vars: amplio, abierto, majestuoso
Vars es más llano, más suave, sobre el asfalto, pero no menos impresionante. El valle parece ensancharse a medida que se asciende, y el viento suele soplar con fuerza en los últimos kilómetros. La llegada a la cima ofrece una vista inmensa, casi ondulada, de los Alpes del Sur.
Un cuello de transición que ofrece un poco de respiro y un asfalto reconfortante para las pantorrillas y los brazos.
Col des Vallons: un gigante oculto, 2470 m de puro esfuerzo
El Col des Vallons es un secreto... Una de esas ascensiones que no aparecen en las guías turísticas, pero que dejan huella.
Es largo. Es duro. Es pedregoso. Es un puerto de montaña donde la montaña ocupa todo el espacio. A 2470 m, el ruido del mundo ha desaparecido. La bicicleta avanza al ritmo de la respiración. La roca, gris y estriada, cuenta la historia geológica de millones de años.
Es aquí donde muchos se dan cuenta de que la GRAAALPS no es una «ultra ciclista», sino una travesía alpina completa, con ascensos puros y salvajes.
El paso hacia Italia: el puerto de Montgenèvre, a 1850 m de altitud.
Dejamos atrás el valle del Durance, los bosques y las montañas familiares de la vertiente francesa, y sin darnos cuenta ascendemos hacia ese umbral simbólico entre dos países. Es uno de los momentos emblemáticos del recorrido: Montgenèvre marca la primera frontera, el paso a Italia.
En la cima se divisa el obelisco de Napoleón, erigido como un hito intemporal. A su alrededor: montañas, valles, horizontes franco-italianos. Se cruza la frontera, pero con el esfuerzo, la distinción se desvanece: simplemente se está allí, entre dos mundos, en los Alpes.
El instante se detiene. El momento en el que «pasamos»: de Francia a Italia, del valle a las cumbres, de la carretera a la aventura.
Entonces comienza el descenso, o la continuación del recorrido, pero ya sabemos que este tramo quedará grabado en nuestra memoria. El puerto de Montgenèvre: no es una página pasada, sino un escalón simbólico. Una transición alpina.
Y con él, la sensación de que sí, realmente estamos cruzando los Alpes: los vivimos, los atravesamos, los superamos.
Acto III — Italia: las míticas cumbres donde uno se olvida de todo lo demás
Foto: @nathaliemonnier
Strada dell’Assietta — 2497 m de irrealidad
La Strada dell'Assietta es una cresta interminable, casi irreal. A la izquierda, profundos valles. A la derecha, cumbres que se suceden.
Bajo las ruedas, una pista clara, seca, polvorienta. El viento suele ser fuerte, casi agresivo. Se conduce por encima del mundo.
Al final de La Strada, sabemos que acabamos de vivir algo que permanecerá.
Colle delle Finestre: el puerto de los ciclistas, el puerto de los soñadores
El corazón de los 800 km: las pistas militares italianas de Turín-Niza. Allí, el paisaje cambia radicalmente. La Strada dell'Assietta nos da la primera sorpresa: casi veinte kilómetros de cresta a más de 2000 metros, sobre una pista seca, polvorienta y expuesta. No es técnica, pero es exigente en todo momento. La bicicleta golpea, el viento suele soplar de lado y permanecemos mucho tiempo en altitud sin descanso.
Se entiende por qué la historia del ciclismo se ha escrito aquí.
Col del Colombardo: un puerto de montaña duro, aislado y monumental.
Un puerto más discreto en el mapa, pero probablemente uno de los más duros de todo el recorrido. Es salvaje, irregular, con un firme que cambia constantemente, pendientes a veces muy pronunciadas y un esfuerzo que, en esta fase de la carrera, requiere realmente una marcha adecuada. Aquí es donde la relación mínima de 0,8 cobra todo su sentido: sin ella, se sufre la subida en lugar de rodarla. Es un puerto que exige resistencia, lucidez y paciencia.
Acto IV — La Suiza alta: los Alpes en su expresión más noble
Gran San Bernardo: la ascensión de los peregrinos
Paso del Gran San Bernardo - @graaalps
El Gran San Bernardo es una subida histórica. El inicio del ascenso se realiza por caminos y pequeñas carreteras, hasta llegar finalmente a la mítica carretera del puerto, que serpentea entre torrentes y pastos alpinos. ¡Se oye silbar a las marmotas en la lejanía! ¡El puerto es monumental! Se entiende por qué los peregrinos han pasado por aquí durante siglos. Aquí se encuentra una especie de calma después de las pistas italianas, pero no es fácil: la altitud y la continuidad siempre acaban pesando. Es un puerto que exige ser claro en su gestión, es el paso hacia Suiza, la última travesía de los Alpes que abre el paso hacia el tercer y último país de la aventura.
Col de la Chaux y Croix de Coeur: la escena final
Es una ascensión larga y regular, pero con porcentajes a menudo de dos dígitos —quince kilómetros para más de mil metros de desnivel— que combina carretera, pistas y tramos más pedregosos. En este punto, la pendiente parece más dura de lo que realmente es, simplemente porque las piernas ya han dado mucho de sí. Una vez en el puerto, el tono cambia. El paso hacia Les Ruinettes es mucho más rodante, más suave, casi fácil por contraste. Y el final, hacia La Croix-de-Cœur, solo es difícil por su nombre: desde Les Ruinettes, ya no es realmente una subida, sino un balcón que ofrece un último momento de apertura sobre el valle antes del descenso hacia el valle del Ródano.
La llegada de los 800 km: ese momento en el que todo cambia
La llegada a Crans-Montana se produce entonces de forma casi natural, a veces por carretera, a veces por caminos. El trazado no pretende ser dramático hasta el último metro: acompaña al final del esfuerzo, como una línea que se posa después de haber atravesado toda una cadena montañosa.
Al llegar al final de los 800 km, se entra en un espacio que pocos ciclistas conocen realmente. La línea de meta en Crans-Montana no es solo un arco, una alfombra o un punto GPS. Es un umbral.
Después de pasar dos días cruzando los Alpes, después de recorrer crestas, atravesar puertos cargados de historia, enfrentarnos al calor seco de los valles italianos y al viento frío de las mesetas, la suave luz del amanecer... se produce un fenómeno extraño: todo se ralentiza.
La bicicleta sigue crujiendo bajo el polvo. Las piernas tiemblan. Y, sin embargo, una nueva energía recorre el cuerpo: un orgullo lúcido, casi íntimo, que se instala lentamente.
Luego llega la recta final. Parece corta... y, sin embargo, infinita. Cada pedaleo reaviva un recuerdo: una rampa del Colombardo, el viento en la cima del Assietta, la luz azul de la mañana sobre Vars, el silencio blanco del Col des Vallons, la primera pista de grava en Gauthiers...
Cruzamos la línea. Una oleada de sensaciones lo inunda todo: alivio, poder, cansancio abismal, alegría pura. Nos detenemos. Ponemos un pie en tierra, y el mundo se tambalea un poco.
Nos damos cuenta de que acabamos de lograr algo inimaginable para el 99,9 % de las personas. Algo que ni siquiera nosotros mismos, hace unos años, nos hubiéramos atrevido a imaginar.
Nos quitamos el casco. Respiramos. Y en ese soplo hay un poco de los Alpes.
Los que han recorrido los 800 km lo saben:no se llega a Crans-Montana. Se vuelve a uno mismo.